miércoles, 19 de octubre de 2011

De bandido a caudillo. Una novela sobre el “Tigre de Álica”

Cristina M. González

El territorio de lo que hoy es Nayarit fue parte del estado de Jalisco de 1825 hasta el triunfo de la República en 1867, cuando Benito Juárez lo designó como distrito militar, bajo el mando de las fuerzas federales. En el Nayar, región intrincada de la Sierra Madre Occidental, un caudillo alzaba a los indígenas, en especial coras y huicholes, en defensa sus tierras, pues se desconocían sus títulos a favor de las grandes haciendas, o se les dividían en parcelas, aun antes de que la ley de desamortización de bienes, decretada en 1856.
Los liberales creían que el progreso requería la propiedad privada, y en todo el país no sólo la Iglesia, también los pueblos indígenas fueron despojados de sus tierras.  Esta práctica se convirtió en programa durante el gobierno de Juárez; continuaría con Sebastián Lerdo de Tejada, y la ejecutaría con mayor rigor y amplitud Porfirio Díaz.
En 1917 Nayarit se convirtió en estado, pero el origen de su autonomía se remonta a la lucha sostenida por Manuel Lozada (1828-1873), un caudillo ambivalente que peleó al lado de los Conservadores durante la Guerra de Reforma y la Intervención Francesa, pero que reconocía como  su patria a la Sierra de Álica y como su causa, la recuperación de las tierras indígenas.
Sobre este fondo histórico la novelista de origen nayarita Queta Navagómez construye un relato emocionante y profundo,  en el que delinea la psicología de un héroe obstinado e implacable, al que por momentos asalta el recuerdo de un amor que le fue arrebatado en su juventud, el de Doloritas, la heredera de la Hacienda de Mojarras, amor correspondido por el que estuvo preso en dos ocasiones.  
Manuel Lozada se convierte en un bandido resentido que está siempre en fuga: trama estrategias, da un golpe, se esconde,  y escapa también a los lectores, que apenas podemos trazar la continuidad de sus andanzas e imaginar sus intenciones más íntimas. La autora recurre a la visión de una anciana indígena para explicar su transformación en caudillo, misión que asume por convicción, pero también como destino; es por eso que su figura crece y adquiere tintes de leyenda. Aun siendo capaz de terribles crueldades, de apropiarse amantes adolescentes y de obstinarse en venganzas, este hombre tuerto y marcado de cicatrices nos conmueve.  
El tigre del Nayar está compuesta por episodios. Cada capítulo puede leerse como un texto autónomo y exige que los lectores atemos cabos.  Cada uno lleva por título el escenario: “Cerro de las Cuchillas”, “Villa de Ahuacatlán”, “Cuartel de Tepic”.  La autora describe una atmósfera tan cercana y ajena como la de un sueño, en donde siempre hay movimiento y anticipación:
“Al otro lado del Río Grande las tropas de Rojas también duermen sobre riscos. Conquistaron las alturas, pero no se dieron cuenta de que más arriba, en la pestaña más alta del Cerro de las Cuchillas, los lozadistas esperaban una oportunidad. A una orden del jefe bajan corriendo, traen teas en las manos, se desprenden de la cima para incendiar los secos zacatales. Ayudadas por el viento, crecen las llamas envolviéndolo todo…”
Siguiendo al personaje atestiguamos acciones: los jefes acatan su autoridad; Manuel establece un pacto con la élite regional de origen europeo que posee los ingenios y telares; los desamparados pueblos de indios lo siguen hasta cuando se convierte en cacique, y al final hay traiciones. Lozada es apresado y fusilado, pero sabemos que su lucha no morirá.
La novela tiene algunos descuidos que sorprenden ante la solidez de su mundo poético. Omite, por ejemplo, relacionar el despojo de tierras con la causa liberal, y hace aparecer la alianza de Lozada con los conservadores sólo como una negociación de protección a cambio de armas y dinero.  Menciona  que México era, en tiempos de Lerdo de Tejada, un país de ochenta millones de habitantes, sesenta de los cuales son indígenas; esa población se alcanzaría hasta un siglo más tarde, con una proporción indígena mucho menor.  Unos cuantos diálogos pierden credibilidad al dar  información al lector que es innecesaria para los personajes.
No importa. Cualquiera de nosotros puede vivir en el Nayar de Queta Navagómez, entre polvo, riscos y veredas abruptas, y presenciar los asaltos o la ansiedad de una madre: “¿Otra vez a los balazos, Manuel?”.  El tigre del Nayar  es una novela épica: nos enfrenta a la ambigüedad moral que ha marcado nuestras luchas sociales, al dar vida a un espíritu de rebeldía, ambición y  solidaridad con quienes sólo tienen una patria, la tierra que les da de comer.

Queta Navagómez. El tigre del Nayar. Jus, México 2010. 421 págs.  “Premio Nacional de Novela José Rubén Romero 2008”.
Texto publicado originalmente en el boletín La Ventana, del Instituto Mexicano de Educación y Cultura de Chicago, 2011.

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