Cristina M. González
Miramos las
pinturas de Efrén Nogueira y disfrutamos de lugares y objetos que hemos visto,
pero que nos atraen con una luz y una serenidad nuevas. En
medio del llano topamos con un derruido muro de adobe y una puerta de lámina se
abre en medio de la aridez sin sombra. Nada
hay en torno de esa huella de un pasado no lejano. Hemos estado ahí, quizá sin apreciar su
incandescencia y su austera materialidad.
Desde una esquina del coro,
suponemos, nos asomamos al interior de la Antigua Basílica de Guadalupe,1999.
Reina el silencio y la pulcra geometría de sus muros orlados de oro. Desde el exterior de ese lugar donde creció,
la Villa, el artista ha recreado una experiencia hoy irrecuperable, el ir y
venir de unos cuantos devotos en una vereda que dobla hacia el santuario, entonces
imponente en las afueras del tráfago urbano.
Esta pintura de 1998 es una de las pocas de Efrén Nogueira que aluden con
sus líneas una noción de movimiento ante la construcción estática.
En miradas al sesgo, más estrechas,
los cacharros de barro y cobre aguardan sobre la parrilla de la estufa de leña,
y las máscaras exhiben ordenadamente su chillona burla.
El arte de Efrén
Nogueira Carrasco (Ciudad de México, 1924) conjunta un oficio técnico adquirido
en forma autodidacta y refinado en su larga experiencia en el taller de
fotograbado, con la mirada curiosa del viajero que se detiene para transfigurar
su “encuadre” en una imagen. Sus
pinturas recogen la perspectiva y la luz únicas de un instante, a la vez que dan
cuenta de una labor cuidadosa, muchas veces realizada en el mismo sitio, pero otras
completada en el estudio o recreadas a partir de su propia captura
fotográfica.
Cada acuarela de
Nogueira detiene el tiempo de una mirada y acumula el tiempo del dibujo
minucioso y la pincelada de agua que da volumen y transparencia. Esta coincidencia de mirada y oficio en
sincronía nos entrega testimonios intemporales de la gozosa soledad de quien contempla. Es así como Nogueira nos enseña a contemplar
nuestro entorno.
En su fértil
carrera él ha legado a muchos alumnos el conocimiento de las técnicas de
impresión y a su familia el oficio de la acuarela. Sus hijas han hecho suya la técnica y le han
dado acentos particulares. En las obras
de Silvia está presente la ciudad actual y la figura humana; en las de Raquenel la mirada se concentra en espacios y
objetos mínimos.
Quizá el lugar modesto que ocupa
la acuarela en el arte contemporáneo (si bien firme y continuo) se remonta a su origen moderno como
herramienta técnica para el dibujo de mapas y de planos arquitectónicos, así
como para bocetos de esculturas y óleos o frescos de gran formato. La tradición
de la acuarela de paisaje se remite a finales del siglo XVIII, en Inglaterra. De la Ilustración proviene su interés naturalista
y descriptivo; del Romanticismo su búsqueda de la soledad, el asombro ante la
grandeza y el refugio en la intimidad, o bien el registro de la ruina dejada en
el olvido.
Las obras de
Efrén Nogueira rinden tributo a esa tradición, pero nos entregan miradas
autóctonas y nos descubren la belleza de paisajes nuestros con variadas
luminosidades y texturas; soledades coloridas de parajes apartados, o sensaciones
sobrias de un ícono miles de veces visitado.
Su mosaico de sus miradas es una bitácora de viaje que recrea en el
papel la solidez masiva y la ingravidez transparente de estructuras naturales y
planos construidos.
En su
autorretrato de 1951, Nogueira se presenta a sí mismo con la distancia cauta y
la monocromía de una fotografía oficial.
En el autorretrato con la boina gris de su edad madura, 1990, en cambio,
vemos una mirada cálida y complacida; es la mirada de un artista que ha dejado más
de dos mil testimonios íntimos de la luz sobre una arquitectura y un ángulo de
la naturaleza para volverlas una experiencia compartida.
El buen arte nos
revela el mundo y nos muestra cómo mirar.
Las obras de Efrén Nogueira nos devuelven lugares y objetos que nos
pertenecen con la sorpresa de la novedad y la alegría del reconocimiento. Su
arte nos entrega la tradición de una técnica y de una manera de mirar en torno y
estar con uno mismo.
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Texto leído en la inauguración de la exposición "Miradas de agua",
Arte, A. C., Monterrey, 28 de febrero de 2019
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