viernes, 22 de abril de 2016

Del orden a lo sublime: “Filosofía y literatura”, una conferencia de Alessandro Baricco


Ayer pudimos disfrutar en el auditorio Luis Elizondo de la conferencia “Filosofía y literatura”, de Alessandro Baricco (1958), autor de novelas como Seda y City, quien además de escritor es filósofo y pianista. 

La conferencia fue organizada por la Cátedra Alfonso Reyes del Tec de Monterrey y mantuvo un ritmo pausado que permitió a Vitoria Martinetto realizar la traducción consecutiva sin que Baricco perdiera el contacto cálido y desenfadado con el público.  El novelista abordó con sencillez magistral, a partir de dos ejemplos familiares, la relación de la literatura con la realidad y el pensamiento. Por la noche se presentó en el Teatro de la Ciudad su monólogo Novecento con el actor Lalo España.  En éste, la ficción del pianista maravilloso que vive toda su vida a bordo de un barco recrea poéticamente la misma reflexión filosófica sobre la literatura que propuso por la mañana.

En su exposición, Baricco se refirió al mapa del metro de Londres.  Diseñado alrededor de 1930 por el joven ingeniero Henry Beck, éste significó un cambio radical en la esquematización de las rutas de transporte.  Los mapas previos marcaban las rutas de los trenes sobre la superficie de la ciudad, y siempre resultaban difíciles de leer y generaban confusiones.  Beck realizó varias innovaciones: dio un color diferente a cada ruta; decidió usar líneas rectas y poner desviaciones de solo 45° o 90°; eliminó el dibujo de la superficie de la ciudad, dejando solamente un esquema del río Támesis como referencia; marcó las estaciones a intervalos uniformes sobre cada línea de ruta, y utilizó una tipografía muy sencilla.  El resultado es un mapa que no representa la realidad física de Londres, sino que pone orden, simetría, claridad y una cierta belleza a una realidad compleja.  Los principios sintéticos de Beck se siguen usando en el mapa actual del metro.

A lo largo de la conferencia, Baricco se refirió a que la realidad es compleja y la complejidad produce miedo.  Los humanos tendemos a sintetizar y comunicar solamente una pequeña parte de la realidad, para tener una idea de orden y poder seguir viviendo.  Lo hacemos cotidianamente, como cuando decimos “Estoy un poco cansado” en lugar de soltarle a nuestra pareja una retahíla sobre nuestras desilusiones y dudas abrumadoras.

En su mapa, Beck renuncia a la realidad para presentar una síntesis de la verdad, y algo similar pasa con un soneto.  A partir del soneto “Ne li occhi porta la mia donna amore”, de Dante Alighieri  Baricco explicó la estructura sonora de esta forma poética.  Un soneto está compuesto por endecasílabos que se estructuran en dos cuartetos y dos tercetos, es decir, catorce versos.  Los versos se acentúan en la décima sílaba.  Tal vez para simplificar un origen complejo, él atribuyó toda la invención del soneto al autor de la Divina Comedia, y aludió a que Dante parecía considerarlo demasiado simple e introdujo mayores complejidades: puso un acento secundario en la cuarta sílaba, y luego combinó versos con acentos en cuarta y octava con versos acentuados en sexta, o bien en segunda y sexta. 

El soneto es una construcción muy compleja en la que el poeta también divide los versos en dos hemistiquios, siguiendo un principio de simetría, y además está la rima, que en este caso se alterna en los cuartetos y se entrelaza en los tercetos.  Por su musicalidad, este soneto a Beatriz parece girar y girar, comentó Baricco, y recitó una y otra vez algunos versos a medida que señalaba sus características.

Alessandro Baricco
Fotografías de Rosy García
Con su estructura matemática es sorprendente que un soneto pueda contar una historia.  No obstante, el ejemplo de Dante produce orden para comunicar la experiencia amorosa, llena de sensaciones y confusión, de un joven, lo que logra con musicalidad y belleza.  Esto es lo que hace la literatura, nos permite reconocer nuestras emociones y expresa aquello para lo que no tenemos palabras. 

Para reflexionar sobre la relación entre ambos ejemplos, Baricco comentó una pregunta antigua de la filosofía: ¿Es posible conocer la realidad?, y otras derivadas de ésta, como ¿Puedo confiar en mis sensaciones? En un extremo del debate está Descartes, para quien la razón lo es todo; en el otro extremo están los pensadores que dudan de toda posibilidad de conocer.  Y conocer la verdad es importante, porque entre otras cosas nos permite tomar decisiones. Kant resolvió la cuestión con un truco, propuso que en nuestra relación con las cosas hay dos condiciones, el tiempo y el espacio, y por tanto no podemos conocer las cosas sino los fenómenos.  Lo demás queda en el misterio. 

Lo que está más allá de las cosas es lo sublime, y podemos acceder a ello por medio de la belleza. La literatura, la música o una pintura nos permiten esa experiencia; no así el orden, la síntesis y la belleza del mapa de Beck.  El orden y la simetría son el primer movimiento, pero en el poema de Dante hay un segundo movimiento: “hay una vibración en cada palabra que, mientras miro el mapa del metro, me hace sentir que ésa no es la verdad”.  Para Baricco, ésa es la belleza de un libro –entendamos obra literaria-, y del oficio que ejerce él mismo.
El autor de Novecento,
con el actor Eduardo España
Cartel de la puesta en escena
en el Teatro de la Ciudad

En Novecento, de cuya puesta en escena hay que reconocer el enorme esfuerzo del actor para representar un texto lleno de matices, el pianista reduce su experiencia a un piano y un barco de pasajeros que realiza una y otra vez los mismos trayectos.  Dentro de estos límites y este orden, las posibilidades de la música y de los sueños son infinitas.  La ficción de la pieza escénica nos permitió atisbar una verdad más emotiva e inquietante que la de una luminosa exposición filosófica.

Cristina M. González

domingo, 17 de abril de 2016

Texturas y vuelos de la indumentaria civil: "Hilos con historia" en el Museo del Noreste

La exposición “Hilos con historia” que se presenta actualmente en MUNE (3 Museos) reúne una selección de indumentaria de la colección del Museo Nacional de Historia del Castillo de Chapultepec.  La curaduría tiene dos propósitos: por una parte, razonar sobre el sentido que tiene conservar y coleccionar este género de piezas, y por otra, mostrar la colección de piezas diversas de indumentaria  civil de los siglos XVII al XX, que se ha conseguido lentamente mediante donaciones y adquisiciones a lo largo de más de un siglo.

La secuencia alterna piezas de distintas épocas y en pocos casos las asocia a la historia social -con excepción de las bien logradas hojas de sala.  El discurso museográfico las ordena por temas relativos a materiales y formas de confección, o colecciones,  géneros de prendas, o bien accesorios, entre los que se aprecian una crinolina, corsés, sombreros, abanicos y zapatos.  La presentación de cada prenda es impecable y el recorrido muy disfrutable, aun cuando se extraña una narrativa que dé mayor vida a los objetos.


Panorámica del montaje en MUNE.
Imagen tomadade la página del gobierno de Nuevo León
Las piezas muestran la forma de vestir de las clases pudientes.  Llaman la atención por su estado de conservación conjuntos femeninos y masculinos del siglo XVIII, así como un par de vestidos de fiesta de 1850 y de la época del Segundo Imperio, y un diseño de Charles Worth que suponemos lució alguna dama de la época porfiriana.  Algunos trajes de boda de distintos periodos destacan el pudor sobrio o la sofisticación de un bordado, el encanto de la moda suelta hasta media pantorrilla al uso de las primeras divas del cine o el vuelo suave de una larguísima cauda, según las modas suntuosas de cada momento.

La sección en que las prendas se vinculan a personajes destacados es indudablemente la más emotiva.  Apreciamos ahí la banda presidencial de Francisco I. Madero, trajes civiles de Juárez, Carranza y Obregón, que nos permiten apreciar sus tallas, así como un notable chaleco rojo de Manuel Tolsá y, especialmente dramática, la camisa que llevaba puesta Francisco Villa el día que fue asesinado en 1923.  

La muestra ofrece un agradable paseo entre texturas y usos de la aristocracia de la última época novohispana y la burguesía republicana, porfiriana y modernista, con la influencia de París y la evocación de la elegancia social y cinematográfica, representada ésta última en María Félix, de quien se incluye un deslumbrante vestido de noche respaldado por su  fotografía.

Cristina M. González