Venustiano Carranza y los jefes carrancistas son quizá los caudillos más detestados de la historia de la Revolución Mexicana. Según Pedro Salmerón, autor de Los carrancistas. La historia nunca contada del victorioso ejército del Noreste (Planeta, 2010), los historiadores se han ocupado muy poco de este fundamental brazo del movimiento contra el usurpador Victoriano Huerta. Su investigación, documentada ampliamente, describe por primera vez la compleja organización de la campaña militar, y da cuenta del origen y motivaciones de los principales jefes que militaron bajo el mando de Pablo González Garza.
Derrocada la dictadura del general Porfirio Díaz, Francisco I. Madero ganó las elecciones, pero su gobierno pronto encontró fuertes críticas y oposición, en especial por su incapacidad de responder a las demandas agrarias. Muchos de los caudillos que lo habían apoyado tenían relaciones tensas con su gobierno. Sin embargo, su criminal caída fue obra de miembros de la antigua estructura porfirista que había integrado a su gobierno.
El 9 de febrero de 1913 los generales Gregorio Ruiz y Manuel Mondragón liberaron a Félix Díaz y a Bernardo Reyes de la cárcel de la Ciudadela, donde estaban presos por haberse rebelado, cada uno por su cuenta, contra el gobierno legalmente constituido. El general Lauro Villar, comandante de la guarnición del Palacio Nacional, frustró el cuartelazo. Reyes, que debía asumir la presidencia provisionalmente, resultó muerto al intentar el acceso a la Plaza.
Como el general Villar fue herido, Madero dio la orden de que lo sustituyera en el mando militar el general Victoriano Huerta. Éste, en combinación con Félix Díaz, apresó al Presidente y al vicepresidente José María Pino Suárez, a quienes más tarde mandó asesinar, como ya había hecho con el líder de los maderistas en el Congreso, Gustavo A. Madero. La bajeza del golpe produjo una reacción abrumadora. En todo el territorio nacional habría levantamientos.
Carranza, gobernador constitucional de Coahuila, desconoció a Huerta y convocó a los caudillos que habían militado como maderistas y que comenzaban a insurreccionarse por su cuenta; luego redactó el Plan de Guadalupe, constituyéndose en el Primer Jefe del Ejército Constitucionalista que tenía como fin de restaurar la legalidad. Cada jefe firmante quería incluir en el Plan demandas sociales, pero Carranza los convenció de que primero había que vencer a un enemigo común. Fue así como se inició una revolución fundamentalmente política.
Salmerón presenta un panorama complejo. Los caudillos de la Laguna (Torreón y Gómez Palacio) y de Durango, quienes poco después se subordinarían a Pancho Villa, se negaron a sumarse a Carranza, hecho que anuncia la confrontación que llevaría luego al rompimiento de éste y la División del Norte. Los primeros y segundos mandos del Noreste eran antiguos reyistas o magonistas, liberales todos, adheridos como voluntarios al maderismo y a esta nueva campaña. Los hermanos Eulalio y Luis Gutiérrez operaban en Concepción del Oro; Francisco Coss se desplazaba por toda la Sierra de Arteaga; Luis Caballero guardaba el orden en Tamaulipas; Francisco Murguía y Cesáreo Castro se convertirían en maestros de la campaña de caballería; Lucio Blanco se estacionaría en Matamoros y haría el primer reparto de tierras a campesinos, actuando de manera independiente hasta ser llamado a las filas obregonistas.
Un acierto de Salmerón es estudiar a los carrancistas como un grupo que tenía un origen común: se trataba en general de pequeños propietarios, comerciantes o trabajadores especializados con al menos la educación primaria (en una época en que el 72% de la población adulta era analfabeta); hombres de a caballo acostumbrados a portar armas largas, pero convencidos de la necesidad del progreso industrial y capitalista interno, entorpecido por las concesiones de la dictadura a los extranjeros. Con una sola excepción, Alberto Carrera Torres, que operaba en Tamaulipas, los hombres del primer y segundo nivel de mando no abanderaban causas populares.
El autor se da a la tarea de exponer con detalle el avance de cada brigada. Nos lleva por los cercos de Ciudad Victoria, Nuevo Laredo y Tampico hasta la primera gran victoria en la toma de Monterrey, el 24 abril de 1914, y de ahí al camino hacia el sur. Los contingentes de Cándido Aguilar ocupan todo Veracruz y las fuerzas populares de los Santos y los Cedillo dominan la Huasteca.
La obra rescata la figura de Pablo González Garza, en quien Carranza delegó la comandancia suprema del Noreste. En el momento de la ofensiva final, González tenía cerca de 70 mil efectivos y más territorios ocupados que Álvaro Obregón y Francisco Villa; era un gran organizador que, más que grandes victorias, detuvo a los federales facilitando el avance de la División del Noroeste. Sin embargo, fue Obregón quien firmó los tratados de desarme y entró triunfante a la Capital junto a don Venustiano.
Pablo González fue el autor intelectual de la muerte de Zapata; luego, en 1920, se rebeló contra Carranza (aunque no apoyó el plan de Agua Prieta). Fue sometido a juicio y condenado, pero se le indultó en el último momento. González tuvo que desterrarse a los Estados Unidos y nunca volvió a intervenir en el gobierno de México.
Pedro Salmerón. Los carrancistas. La historia nunca contada del victorioso ejército del Noreste. Editorial Planeta, México, 2010. 351 págs.
Reseña publicada originalmente en el boletín electrónico La Ventana, del Instituto Mexicano de Educación y Cultura de Chicago, febrero de 2011.







