Cristina M. González
Para Bruno Javier, que me regaló el libro
Un poema narrativo remite a la tradición épica y desde luego
hace pensar en valores si no nacionales, comunitarios, y en acciones de valor
extremo y supervivencia. Cuando me topo
con poemas narrativos de la vida cotidiana, en verso libre, sospecho, pues es
frecuente eso de fraccionar la prosa para dar a la experiencia común un ritmo y
una pretensión de poesía urbana que resulta insulsa y falaz. Sospechoso asimismo es el tema de la muerte de
la madre, en la que la bruma de la pena inmediata hace fracasar aún a algunos
de los poetas más potentes.
Necrófilos y fronterizos son los poemas de Omar Pimienta
(1978), pero desde el inicio me capturan las instantáneas narrativas y a pocos
poemas de Primera persona: Ella
(2004) -el primero de sus libros- me encuentro con una moción estética de sorpresivo
lirismo. Y sigo, para gozar en serio
personajes entrañables, polvo de frontera en ruinas y palabras de oralidad
norteña, y para encontrar que cada vez con más frecuencia los relatos me llevan
a esos incidentes poéticos. Procedo entonces a una segunda inspección para
entender de dónde surge o cómo logra el poeta su particular voz en sus tres
primeros poemarios -de cuatro-, editados con el título de Inspección secundaria por Atrasalante Editores.
La madre ha muerto diez años antes de los poemas que la
evocan; tal vez esa lejanía recogida en imágenes y sonidos fragmentarios hace
posible la recreación de la pérdida entre silencios y distorsiones de la
memoria, como cuando la voz lírica escucha una grabación en cintas de ella
recitando poesía:
la estática le da un aire antiguo
a grabación clandestina a radiodifusora
lejana
es una tormenta en un desierto de palabras
tras la arena escucho a mi madre
intentando resistir.
En breves relatos que capturan la atmósfera de una casa que
crece con la familia, un barrio y una ciudad poco agraciados nos enteramos de
que el poeta fue el hijo tardío y menor de cuatro de don Marcos, herrero, y
doña Sara, poeta de “pensamientos” y lectora del Hola; que creció en La Libertad, colonia que topa con el muro de la
frontera; que tuvo un abuelo fotógrafo y otro alcohólico... Sus personajes trabajan, beben, se cuidan de
la migra; han conocido marineros en California y soldados vueltos de Vietnam de
paso por Tijuana. Todos pueblan el mundo
de su infancia, un mundo en el que siempre tiene diez años.
Austero en sus recursos poéticos, los usa de manera eficaz, como
cuando describe una minucia para aludir a una condición vital, o aprovecha el
doble significado de una palabra sencilla. Ilustro estas estrategias con el inicio y el
final de un poema sobre el deseo de envejecer junto a su pareja: Yo
quiero ser el que a tu lado duerma/ cuando con tu tos y con mi tos sea difícil
dormir (…) donde ahora vemos fuego y
futuras cenizas/ que la pupila se dilate años, verso que evoca el sentido temporal de
“dilatar” del habla popular, como “diferir”.
La ausencia de puntuación, el aire que deja entre los versos tiene
sentido, y sobre todo sabe usar la enumeración, que emplea para la descripción
y como medio de crear tensión narrativa en el poema. Transcribo completo el último de La Libertad: ciudad de paso (2006 y
2008) -el segundo libro:
Fuego
Dicen
los noticieros que San Diego se quema
que
alguien olvidó apagar una fogata
casas
enteras hechas carbón
gente
desalojada
se quema la primavera de una
falda floreada
la firma de papeles importantes
los negativos de las fotos de
familia
el
cielo está rojo cae ceniza
yo
sé que fuiste tú: piromaníaca en serie
aún
puedo oler el humo de mis paredes
todavía
la imagen de esta ciudad ardiendo por completo
con
el dedo en la lente enfoco lo que tus dedos encienden
aquí
el cielo se puso rojo como tus pupilas frente al flash
pero
no sonríes
dicen
los noticieros que el culpable seguramente huyó a
Tijuana
aquí
te espero
llama.
Los noticieros, los video juegos, el tren o el avión, el
viaje en carro o en bicicleta para cruzar la frontera sorteando la fila o
preparando la entrevista en la estación migratoria comunican experiencias
compartidas por el lector contemporáneo, y nos permiten llenar los silencios
que administra el poeta. El mismo
efecto tiene el uso de lugares comunes como metáforas, como el fuego y la llama
del amor y el humo o las cenizas del desamor.
La manera como hacemos nuestras las imágenes que nos rodean se
reitera en sus poemas. La abuela de 97
años murió el 11 S: no alcanzó a ver los
aviones estrellarse/ sí la cara de sus hijos o el largometraje de su vida/ a la
velocidad que cae un cuerpo desde el piso 97… Al sobrino que murió en la infancia le
gustaban los video juegos tanto como al poeta, que juega con los signos al
recordarlo: mata por puntos/ brinca
montañas/ bombardea ciudades/ come fantasmas.
Omar Pimienta estudió artes y su visualidad se observa en su
mirada de fotógrafo que recorre las calles y en el adulto que vuelve a casa y
revisa el álbum de fotografías para revivir el instante con palabras y re-crear
con don cinematográfico a don Marcos en los cuidados de diabético y a su abuela
Julia caminando apoyada en una silla por la golpiza del abuelo Benito, un
énfasis óptico que crece en Escribo desde
aquí (2010) -el tercer libro-, obra
ganadora del Premio Emilio Prado en Málaga, en 2009.
Pimienta toca del gris al negro todos los temas de la
literatura de frontera: la condición de paso y el desprecio, la prohibición y el
ocultamiento, el narco, la prostitución, la violencia, la impunidad, el
estancamiento urbano, la migra, pero su mirada nostálgica, sus personajes
íntimos y amados, su levedad humorística nos permiten sentir como propio ese
mundo residual donde las esperanzas se topan con un muro; esa Tijuana siempre
estancada en el tránsito e incontenible en su vitalidad: Esta ciudad tiene su muro/ construido por otros/ para contenerla.
Sí, bajo inspección esta poesía es una épica de la
aceptación de los legados familiares y de la fealdad de la ciudad como espacio
de pertenencia. Como en la fila de la
“migra” de un poema de su último libro, El
álbum de las rejas (Ediciones Liliputenses, 2016), que pase el siguiente
sospechoso.
Omar Pimienta. Inspección
secundaria. Atrasalante Poesía, Monterrey, 2017.