lunes, 4 de marzo de 2019

Efrén Nogueira. Bitácora de una mirada transparente




 Cristina M. González

Miramos las pinturas de Efrén Nogueira y disfrutamos de lugares y objetos que hemos visto, pero que nos atraen con una luz y una serenidad nuevas.   En medio del llano topamos con un derruido muro de adobe y una puerta de lámina se abre en medio de la aridez sin sombra.  Nada hay en torno de esa huella de un pasado no lejano.  Hemos estado ahí, quizá sin apreciar su incandescencia y su austera materialidad. 

Desde una esquina del coro, suponemos, nos asomamos al interior de la Antigua Basílica de Guadalupe,1999. Reina el silencio y la pulcra geometría de sus muros orlados de oro.  Desde el exterior de ese lugar donde creció, la Villa, el artista ha recreado una experiencia hoy irrecuperable, el ir y venir de unos cuantos devotos en una vereda que dobla hacia el santuario, entonces imponente en las afueras del tráfago urbano.  Esta pintura de 1998 es una de las pocas de Efrén Nogueira que aluden con sus líneas una noción de movimiento ante la construcción estática.

En miradas al sesgo, más estrechas, los cacharros de barro y cobre aguardan sobre la parrilla de la estufa de leña, y las máscaras exhiben ordenadamente su chillona burla.

El arte de Efrén Nogueira Carrasco (Ciudad de México, 1924) conjunta un oficio técnico adquirido en forma autodidacta y refinado en su larga experiencia en el taller de fotograbado, con la mirada curiosa del viajero que se detiene para transfigurar su “encuadre” en una imagen.  Sus pinturas recogen la perspectiva y la luz únicas de un instante, a la vez que dan cuenta de una labor cuidadosa, muchas veces realizada en el mismo sitio, pero otras completada en el estudio o recreadas a partir de su propia captura fotográfica. 

Cada acuarela de Nogueira detiene el tiempo de una mirada y acumula el tiempo del dibujo minucioso y la pincelada de agua que da volumen y transparencia.  Esta coincidencia de mirada y oficio en sincronía nos entrega testimonios intemporales de la gozosa soledad de quien contempla.  Es así como Nogueira nos enseña a contemplar nuestro entorno.

En su fértil carrera él ha legado a muchos alumnos el conocimiento de las técnicas de impresión y a su familia el oficio de la acuarela.  Sus hijas han hecho suya la técnica y le han dado acentos particulares.  En las obras de Silvia está presente la ciudad actual y la figura humana; en las de Raquenel la mirada se concentra en espacios y objetos mínimos.

Quizá el lugar modesto que ocupa la acuarela en el arte contemporáneo (si bien firme y continuo) se remonta a su origen moderno como herramienta técnica para el dibujo de mapas y de planos arquitectónicos, así como para bocetos de esculturas y óleos o frescos de gran formato. La tradición de la acuarela de paisaje se remite a finales del siglo XVIII, en Inglaterra.  De la Ilustración proviene su interés naturalista y descriptivo; del Romanticismo su búsqueda de la soledad, el asombro ante la grandeza y el refugio en la intimidad, o bien el registro de la ruina dejada en el olvido.  

Las obras de Efrén Nogueira rinden tributo a esa tradición, pero nos entregan miradas autóctonas y nos descubren la belleza de paisajes nuestros con variadas luminosidades y texturas; soledades coloridas de parajes apartados, o sensaciones sobrias de un ícono miles de veces visitado.  Su mosaico de sus miradas es una bitácora de viaje que recrea en el papel la solidez masiva y la ingravidez transparente de estructuras naturales y planos construidos.

En su autorretrato de 1951, Nogueira se presenta a sí mismo con la distancia cauta y la monocromía de una fotografía oficial.  En el autorretrato con la boina gris de su edad madura, 1990, en cambio, vemos una mirada cálida y complacida; es la mirada de un artista que ha dejado más de dos mil testimonios íntimos de la luz sobre una arquitectura y un ángulo de la naturaleza para volverlas  una experiencia compartida.

El buen arte nos revela el mundo y nos muestra cómo mirar.  Las obras de Efrén Nogueira nos devuelven lugares y objetos que nos pertenecen con la sorpresa de la novedad y la alegría del reconocimiento. Su arte nos entrega la tradición de una técnica y de una manera de mirar en torno y estar con uno mismo.
Texto leído en la inauguración de la exposición "Miradas de agua", 
Arte, A. C., Monterrey, 28 de febrero de 2019