miércoles, 22 de diciembre de 2010

Mazapil, entre el apego y el olvido

Cristina M. González

Brigada médica: 27 y 28 de noviembre de 2010
Mi amiga Gloria Guzmán me invitó a una brigada médica a Mazapil, Zacatecas.  Ella colabora con la Asociación de Zacatecanos en Nuevo León, A.C., y una o dos veces al año hacen un viaje relámpago para llevar medicamentos y servicios médicos a comunidades de ese estado.  
Aparte de un autobús rentado con una docena de voluntarios, salió una unidad dental de Cáritas de Monterrey. Poco después del mediodía llegamos a Puerto de Rosario.  Me tocó entregar los números para la consulta y anotar el nombre, edad y procedencia de los beneficiarios. 
Dra. Margarita Carrillo dando consulta
en Puerto El Rosario, Mazapil, Zacatecas
Como el servicio se había anunciado con anticipación, llegaron al centro comunitario personas de las poblaciones de los alrededores: El Cardito, Sábana Grande, La Presita, Presa del Junco y Tanquecillos, entre otras.  Rostros recios y curtidos, gente de campo con pocos recursos, pero con medios básicos de subsistencia. Se veían algunas camionetas viejas traídas del otro lado.

Dentistas voluntarios
de la unidad dental de Cáritas de Monterrey
Con el apoyo de Cáritas y servicios de salud de Zacatecas había en total cinco médicos y dos dentistas. Uno de los médicos me dijo que atendió sobre todo problemas de gastritis y lumbalgias.  La doctora Margarita Carrillo vio los casos de personas con diabetes, e incluso las reunió para darles recomendaciones generales. Los dentistas se dedicaron principalmente a extracciones. En el lapso de unas cuatro horas se atendió a unas 190 personas, y se les proporcionaron medicamentos.
Además, se dio servicio de corte de cabello, se entretuvo a los niños con una actividad de “valores” y luego se les invitó a quebrar una piñata. Se repartieron algunos juguetes, ropa y despensas.  Los niños también recibieron champurrado y galletas. Aunque genera controversia, el reparto de despensas es necesario para que la gente se acerque a recibir los servicios médicos, y en esta ocasión, hubo incluso discusiones para obtenerlas, pues no eran suficientes. 
Al día siguiente, en el centro de salud de la cabecera municipal solicitaron el servicio poco más de cuarenta personas. Se dejaron como donativo los medicamentos excedentes. Todos los brigadistas asistimos a misa, donde me di cuenta de que había un grupo paralelo que estaba dando pláticas de temas de desarrollo en el auditorio del lugar.

La doctora Carrillo, originaria de Mazapil, tiene veinte años de coordinar este tipo de servicio para las comunidades de esa región; según comentó, en ese lapso las brigadas han cambiado mucho.  La entrega y constancia del grupo es admirable, pero la extraña mezcla desinterés y expectativas de los beneficiarios hace pensar en que el esfuerzo es indispensable e insuficiente, pero tal vez aún requiere ser reorientado.
Mazapil, esplendor olvidado
Mazapil es uno de los cincuenta y ocho municipios de Zacatecas, si bien ocupa el 36 por ciento de su territorio; con doce mil kilómetros cuadrados, es de hecho uno de los más extensos del país.  Se fundó en 1568 y fue en la época novohispana un centro minero de oro y plata por donde pasaba el Camino Real hacia el norte.
La historia de Mazapil está ligada a las de Saltillo y Monterrey, pues fue el lugar de donde partieron Diego de Montemayor y Alberto del Canto para las fundaciones de estas ciudades, y donde vendían como esclavos los colonizadores del siglo XVII a los indios que capturaban en nuestras provincias.
La cabecera municipal es una población austera, pero conserva algunos sitios de interés: una plaza principal con una estatua de yeso pintado del cura Hidalgo y un jardín bien cuidado, un cementerio antiguo, un templo barroco y el museo y archivo histórico, resguardado con pasión por el cronista municipal Pedro Ascacio.
El museo ocupa la que fue la casa del Marqués de Aguayo, que después de sucesivas adaptaciones y descuidos, hoy se encuentra deslucida.  El archivo está clasificado y algunas de las salas del museo tienen piezas históricas de la vida cotidiana y de la minería que merecerían un mejor tratamiento para su conservación y exposición. 
La iglesia de San Gregorio Magno posee una rica fachada, retablos del barroco tardío, con estípites y nichos, y algunas pinturas del siglo XVIII de buena factura. En el retablo del ala derecha se destacan escenas de ánimas en pena, rescatadas por santos benefactores. 
En la capilla se encuentra un Nazareno muy venerado, que es una de las imágenes del Cristo de la pasión más terribles que he visto, pues parece mirarte con espanto, como si fuera una momia vuelta a la vida.   En uno de los altares descansaba un exvoto reciente, que los hijos de un devoto trajeron desde Saltillo para agradecer en nombre de su padre el favor haber salido con bien de un accidente de automóvil.
Migración y apego
El relato del exvoto se liga con los que escuché de dos colaboradores de la brigada, Víctor Ramírez y Rubén Zapata, mazapilenses radicados en Monterrey desde hace muchos años. Los pueblos de esa región crecieron en torno a la minería, y hace décadas, cuando las minas dejaron de explotarse, poblaciones completas emigraron, principalmente a Monterrey y a Saltillo. Quizá es más conocido el caso de Concepción del Oro, Concha, pero hay en la región otros pueblos que hoy están casi o totalmente deshabitados.
En la Asociación de Monterrey se reúnen miembros de unos quince clubs, cada uno correspondiente a un pueblo, comentó Víctor.  La gente de Providencia, de donde él mismo procede, recaudó fondos y reconstruyó la iglesia. El 12 de diciembre se reúnen en el pueblo y la iglesia se abre, para la fiesta de la Virgen de Guadalupe. Rubén Zapata es de Salaverna, comunidad del municipio de Mazapil; cuando se fue con su familia, hace más de cuarenta años, todavía era un chamaco. Su padre se obligó a llevar flores el día de la devoción de la Virgen patrona del pueblo.  Hoy que ya no puede ir, los hijos y nietos colaboran para cumplir este deber y asistir a la fiesta parroquial. 
Rubén Zapata
Rubén me contó que cuando se acabó la explotación de hierro en estos pueblos y se vinieron a Monterrey, muchos entraron a trabajar a Aceros Planos.  De ochocientos obreros que había en la planta, setecientos eran zacatecanos.  La empresa entonces era de la Fundidora Monterrey, luego se convirtió en IMSA y hoy es parte de Ternium.
En el 2006 la empresa canadiense GoldCorp comenzó a explotar oro nuevamente en Mazapil.  Se han invertido cientos de millones de dólares en la mina de Peñasquito, que hoy tiene reservas probadas para veinte años y es la segunda productora de oro en el mundo. Más recientemente se han encontrado vetas de uranio, que pasan bajo algunos de los pueblos, de manera que pronto incluso las casas y calles van a desaparecer, y con ellas el testimonio de una época.
Los áridos campos de Mazapil parecen dejados a la erosión de los vientos.  La presencia de la gran empresa minera parece no haber traído beneficios a la región; incluso el índice de contratación bajó después de la inversión para su construcción.  Algunos de sus pueblos pronto desaparecerán, o serán olvidados en la próxima generación; sus antiguos habitantes hacen su vida en Monterrey, Saltillo o los Estados Unidos. Esta migración de clanes y gremios enteros es digna de mayor investigación y relatos.


miércoles, 15 de diciembre de 2010

"México a través de las causas" en el Centro de las Artes

Cristina M. González



El pasado 8 de marzo, tres meses antes de su muerte, Carlos Monsiváis inauguró en el Museo del Estanquillo, institución que resguarda sus variopintas y ricas colecciones, la exposición México a través de las causas.  La curaduría es de Rafael Barajas El Fisgón, quien distribuye una selección de ochocientos sesenta documentos gráficos, entre caricaturas, grabados, dibujos, carteles, fotografías y otros formatos, en torno a una serie de preocupaciones o causas que han dado continuidad a la lucha social desde la época de Hidalgo hasta nuestros días.
Las causas de México y sus movimientos armados incluyen temas como la soberanía, la democracia, la justicia social, la educación y la tolerancia, como explican con maestría de síntesis y claridad didáctica los textos, además de críticos y profundos. Es evidente que el discurso de El Fisgón es resultado de dilatadas conversaciones con el cronista, con quien compartía la pasión por lo iconografía patria y las expresiones de la contracultura en nuestra historia.
La muestra se presenta desde el 12 de noviembre y hasta el 27 de febrero del 2011 en el Centro de las Artes, en el corazón del Parque Fundidora de Monterrey, y allá acudimos en dos visitas largas –apenas suficientes- para registrar estas imágenes de la Patria, desde y contra la cultura oficial, y orientar los pasos de otros desbalagados que, de sumergirse incautos y sin brújula en el encanto, el humor y las múltiples referencias de cada papel o maqueta, sin duda perderán de vista las “causas” y terminarán abrumados. Así de vasta es la selección.
Monsiváis Tonsiváis: la colección
Hace muchos años leí una entrevista con Carlos Fuentes  que usaba el juego de palabras que encabeza éstas mías.  La magnitud de la colección que nos ocupa permite elegir muchos caminos -los míos y los tuyos- para crear un sinfín de discursos. El análisis y crónica de las causas se construye en esta muestra con una fracción de los doce mil objetos de la colección del Estanquillo, que da para ilustrar muchos asuntos y ha sido a su vez causa ya de veinte exposiciones temporales, y se siguen sumando.  Por poner un ejemplo, el tema de Imágenes de la Patria, que hoy da pie a una exposición ajena, podría cobrar forma con piezas de la colección de Monsiváis; sería distinta, pero igualmente elocuente.
El gran continente reunido tenaz y consistentemente por el escritor hace posible hablar de la historia de las alegorías, la crítica periodística, la caricatura, la vida cotidiana y un buen número de artistas gráficos de México, por sólo advertir las sub-colecciones más amplias. Y los  significados son expansivos, pues cada pieza tiene valores que tocan nuestra sensibilidad y alertan nuestra inteligencia y curiosidad de maneras inesperadas.  La colección tiene piezas únicas y también series completas, como es el caso de la colección de libros infantiles de historia de principios del siglo XX “Biblioteca del niño mexicano”.
La ironía, el juego, la calidez de lo nuestro, las causas comunes y el acercamiento a la mirada de otros, la leyenda, entre otros  ámbitos de la cultura viva y la que se vivió en la Ciudad de México en los últimos dos siglos, se entrecruzan, por ejemplo, en las páginas del periódico liberal El hijo del ahuizote; en el primer comic mexicano, Paquín, o en los grabados de oficios tradicionales. Una caricatura de Abel Quezada presenta a una obesa pareja dándose  un último banquete antes de que el marido, sin duda un político, abrace el camino de la moral. El caviar de Irán se alterna con las tortillas y los Jarritos aguardan por si el vino no está bueno. El legado de Carlos Monsiváis como coleccionista nos enseña a vernos en las actividades cotidianas, con algunos anhelos caducos y muchas experiencias tristemente recurrentes.
Confusión y constantes del  recorrido
El mosaico de documentos hace difícil comprender el hilo conductor de la exposición. En varias causas se utilizan caricaturas de Constantino Escalante para el periódico La Orquesta, grabados de Leopoldo Méndez y dibujos o fotografías de caudillos. Si el visitante no está atento a la subordinación de cada sección al tema descrito en las cédulas, lo que percibe es una especie de arte combinatoria de imágenes en un esquema que se repite de una sección a otra y hace que la exposición parezca repetitiva y sin línea argumental, al menos en parte. Hay desde luego nichos con mayor unidad, como la secciones de los carteles antifascistas y de la causa de la educación.
La opción es crear un recorrido propio, siguiendo solamente los grabados o las caricaturas, o bien buscar en cada sección las imágenes que parecen rendir homenaje y las que parecen criticar o hacer burla de una situación. Crear una línea argumental en el propio recorrido limitará el número de piezas para ver con detenimiento y permitirá a los visitantes concretar algunas ideas, y no caer en el desaliento por exceso de información visual.
Las causas de Leopoldo Méndez
Los grabados de Leopoldo Méndez dentro de esta muestra son suficientes para hacer una pequeña exposición de su magnífica producción. Hay también suficiente para una pequeña historia del género, desde Claudio Linati y José Guadalupe Posada, hasta el contemporáneo Joel Rendón, pero las causas de la lucha y el movimiento social están más ampliamente representadas en los dibujos de Méndez, y la colección cuenta incluso con algunos de los negativos de sus grabados. 
Leopoldo Méndez (1902-1969) fue uno de los fundadores del Taller de Gráfica Popular, que dirigió hasta su muerte. Desde ahí asumió la misión de colaborar a la lucha social con el arte y entregó dibujos para publicaciones de reivindicaciones populares.  Méndez aprovechó su aprendizaje futurista y creó dibujos de compleja composición, con líneas enérgicas  y perspectivas múltiples, en que la calidad expresiva va de la mano con la fuerza combativa y, en ocasiones, el humor. Sus dibujos de obreros trabajando y de tipos de la Revolución son muy emotivos. En la exposición hay también varios grabados que realizó para la introducción de los créditos en películas de Emilio El Indio Fernández.

Las mil caras de Porfirio Díaz
Porfirio Díaz es uno de los personajes recurrentes, y se lo presenta desde diferentes perspectivas y etapas de su vida política. Una alegoría de la patria de la época de la República restaurada (a la derrota del segundo imperio) nos muestra a Hidalgo y a Juárez presentando el globo, con el mapa de México a la vista.  Cuatro atlas sostienen el mundo: José María Morelos, Ignacio Allende, Porfirio Díaz y Mariano Escobedo. Hoy recordamos con dificultad que Díaz fue el campeón del sitio de Puebla y Escobedo el vencedor de Querétaro, razón por la cual en la época recibieron las más altas condecoraciones que se han otorgado a militares en México. Este extraordinario dibujo nos trae a la memoria el prestigio militar que llevó al poder al primero.

Otro raro ejemplar, esta vez un óleo con mejor retórica que virtudes plásticas, es una alegoría de la paz porfiriana en 1910, con el caudillo sentado en la silla presidencial, al centro, rodeado por representaciones de las artes, el progreso y la fama, bajo la mirada de los cuatro continentes. Todos los conceptos están personificados como deidades femeninas, cada una con un atributo. En la cartela inferior se lee: “Tus enemigos con saña y con bajeza, destruir quieren tu grandeza y gloria, insensatos, injustos, insolentes: mudos quedarán cuando de ti hable la Historia.”


En otra sección, una caricatura a color de 1923, la época del Tratado de Bucareli que hacía concesiones a los norteamericanos sobre bienes territoriales, muestra a Díaz como un atlas de parodia, al pie de la columna de la Independencia y sosteniendo sobre sus hombros en frágil equilibrio a los caudillos revolucionarios y a los aspirantes y provisionales presidentes de la República. Venustiano Carranza está en la cúspide con un 27 en las manos, el del artículo sobre el uso y propiedad de la tierra. Álvaro Obregón sonríe con sorna a su lado.
Miradas posibles
Muchos recorridos son posibles y cada mirada puede reinterpretar estos comentarios gráficos que, al rendir un homenaje o expresar un desencanto, nos permiten revivir la atmósfera de otros tiempos y referirla a la actual. Carlos Monsiváis supo entender el valor testimonial de estos géneros artísticos y preservarlo para nuestra formación ética y política, además de estética. Rafael Barajas, El Fisgón, nos enseña a reconocer en ellos la continuidad de nuestras causas, las de todos, las de México.

martes, 14 de diciembre de 2010

"Imágenes de la Patria" en el Museo del Noreste, MUNE

La diosa patria que nos da la bienvenida es una figura monumental como madona renacentista, serena y entronizada como Ceres romana. De autor desconocido, esta pintura muestra un estilo académico y un nacionalismo de espíritu clasicista.  Su indumentaria de plumas evoca la representación de América proveniente de Europa que dominó durante el periodo novohispano. Como atributos, la diosa sostiene una cornucopia de metal -trompeta o un arma de fuego- colmada de frutos también clásicos. Sobre su regazo sostiene un arco, arma y tal vez alusión a las artes y oficios.
La exposición Imágenes de la Patria, que se presenta en el Museo del Noreste de Monterrey, MUNE, como muestra conmemorativa de los centenarios de este 2010, es disfrutable, sobre todo por la calidad de las piezas seleccionadas por el historiador Enrique Florescano, quien realizó la curaduría a partir de la obra del mismo título que publicó en el 2005. Hay que verla también por la invitación que hace a reflexionar sobre los símbolos que nos unen bajo la idea de nación, los que promueven un programa ideológico o proyecto común y aquellos que se manifiestan como detractores y hacen evidente el desencanto ante la realidad que se confronta con esos ideales.
El discurso plantea una sucesión de etapas de la visión de la patria. Una supone que va a encontrarse únicamente con alegorías nacionalistas, emblemas de la patria ideados con fines de exaltar legítimamente el triunfo político o como mera propaganda, pero no, en la exposición hay también imágenes de lo mexicano, representado en el territorio y en tipos o escenas populares, así como representaciones de personajes o momentos históricos emblemáticos.
Exaltación prehispánica y victoria republicana
De entrada nos topamos con sorpresas, porque la Patria, en México, se gesta después de la Independencia, y la exposición arranca con la texturas de piedra y barro de nuestra raíz mesoamericana: figurillas que interpretamos como diosas de la fertilidad; un geométrico Tlaltecutli, señor del inframundo, rodeado de calaveras; el águila azteca, y una doliente cihuateteo totonaca, quizá para evocar la sufrida maternidad mexicana, o como antecedente de la Llorona.  La idea de patria requiere de un gran pasado autónomo, y nuestra joven nación lo encontró  en el mundo indígena.
El mosaico de los siglos XVIII y XIX incluye pinturas, caricaturas políticas y documentos.  Una pintura que es copia o hermana de otra de Morlete Ruiz que está en el Museo Soumaya, cuenta la historia de la aparición de la Virgen de Guadalupe enlazada con la letanía de sus nombres en la tradición medieval. Al pie de la Virgen se observa por un lado al papa Gregorio XIII con la bula que establece su dogma y la reconoce como patrona de México, y por el otro, a la alegoría de América como una indígena vestida con huipil y enredo.
Entre las caricaturas periodísticas de los años de la Reforma y la Intervención Francesa son notables por su agudeza y arte las de Constantino Escalante y Sergio Hernández publicadas en el periódico La Orquesta, de corte liberal.  En ellas se muestra el clima de conflicto generalizado y la personificación de conceptos políticos, como la patria sometida y sumisa. En una de Hernández la Constitución de 1857 se presenta como una mujer pelele con un gato en la cabeza, en el momento de ser vestida, peinada y pintada por Juárez y Lerdo de Tejada.
El espíritu cientificista de las últimas décadas del siglo XIX se hace evidente en el mapa etnográfico de Antonio García Cubas, enmarcado por hallazgos arqueológicos y la colección de piezas prehispánicas del Museo Nacional, así como en un grabado de Frederick Catherwood y en un dibujo de P. Fritel, registros que no dejan de  tener una visión emocionada y sensual de lo autóctono construida por extranjeros.
Con un giro costumbrista, son igualmente notables los grabados de Casimiro Castro, que recuperan para nosotros el mestizaje de la tradición provinciana y el ideal de progreso, en tanto El jarabe, óleo de José María Rincón Gallardo, retrata  una escena de hacienda, idealizando a la china y el chinaco, entre imágenes realistas de músicos de sarape y mozas de rebozo.
La República liberal adopta la imagen de la patria como Niké, diosa de la victoria griega, alada y con pies, brazos y en ocasiones también los senos al descubierto. ¿Por qué? Quizá porque la pureza de los conceptos que han de llevar a la felicidad de los pueblos, al igual que la noción de belleza, desde la antigüedad cobraron forma de mujer.  Quizá también porque unos senos al descubierto son símbolo de fuente nutricia, y atraen la fidelidad de quienes  se postran bajo su manto.  El pintor Petronilo Monroy la imaginó en apoteosis aérea, con el manto flotante y la Constitución de 1857 en el brazo izquierdo, grabada en lápida, mientras la diestra levanta el laurel de la victoria.
Reproducción de la obra de Petronilo Monroy en México a través de los siglos.  
 Esta imagen aparece también como portada del libro Imágenes de la patria,
de Enrique Florescano, y es parte de la muestra que se reseña.

Como alegoría ya asimilada a la vuelta del siglo, encontramos el mismo tipo de representación de la Patria en la portada del libro México: su evolución social, de Justo Sierra, el mayor intelectual del grupo positivista conocido como “Los Científicos”, tan influyente en la última etapa del porfiriato.  Hoy podría parecernos cómico el que enarbole como antorcha de la libertad una bombilla incandescente –vulgus foco- con los cables como cauda, pero entonces parece haber sido una auténtica exaltación del progreso que traía consigo la electricidad.
Un testimonio y un homenaje
Cien piezas conforman la exposición y cada una merece un comentario. Me detendré en dos pinturas notables  por su rareza y novedad. Un óleo sobre los fusilamientos del Cerro de las Campanas, de la colección  del Museo de Historia Mexicana, se apega a las crónicas, y tiene el interés de mostrar el hecho central como un incidente en una escena multitudinaria. El pintor describe la formación de todo el regimiento en torno al paredón; los tres pelotones apuntando a Mejía, Miramón y Maximiliano, y al fondo, apenas perceptible, la llegada de los ataúdes.  En el primer plano, casi ninguno de los personajes atiende al drama del fin del Imperio y la victoria de la soberanía nacional: mientras unas mujeres enlutadas secan sus lágrimas, hay corrillos de hombres conversando, paseantes, escenas de enamorados y un soldado luciéndose con una carrera de caballo.
Otro óleo firmado por Paz Montaño en 1909, marginal en cuanto a sus logros artísticos, exalta la obra constructiva de Porfirio Díaz. En torno a su retrato coronado por la victoria se describen escenas de batalla que hacen referencia a los méritos militares que lo llevaron al poder; de ahí se siguen una alegoría de las artes; una escena agrícola con el tren haciendo su entrada como fondo; el  trabajo de oficiales herreros en una fragua, con un gran engrane industrial como testigo, y un aula en que el maestro dicta la lección ante una pizarra. La pieza es valiosa por el testimonio de la leyenda blanca de Díaz y por las escenas que conforman la visión del progreso a principios del siglo XX.
Madre, maestra o muchacha bonita
Diego Rivera, La maestra rural, 1923
El triunfo de la Revolución promovió imágenes que impulsaban su programa político de reivindicaciones populares. Los hijos de la patria aparecen ahora reunidos en torno a la maestra rural en  un dibujo de Diego Rivera y en  las esculturas  de Oliverio Martínez, si bien el concepto de la mujer fuerte y digna que mira hacia el futuro sigue modelándose, ahora con los rasgos rotundos, firmes y masivos con que la escuela mexicana caracterizaba a la raza de bronce, como se observa en las esculturas de Ernesto Tamariz. En su maqueta para el monumento de Los Niños Héroes y en El soldado herido de Luis Ortiz Monasterio pervive además el concepto decimonónico de los hijos dispuestos a morir por ella.
Esta épica oficial se complementa con la representación de coloridas y bulliciosas estampas populares, que incluso se adopta festivamente en las  chinas poblanas de fantasía de Alfredo Ramos Martínez y de Roberto Montenegro.
Desencantos patrios
En la sección que ilustra la contribución de la escuela mexicana un dibujo de Orozco es la única imagen de dolor relativa a la Revolución Mexicana, y sin embargo tanto él, como Siqueiros y Goitia crearon en ese momento el imaginario de una patria desamparada y con grandes diferencias. El curador incluyó obras que respaldaban el proyecto de nación surgido de la Revolución, pero prácticamente no incorporó aquellas que presentaban los aspectos más oscuros.
Esta ausencia pone de manifiesto un aspecto problemático en la muestra. Las secciones de la etapa novohispana y del siglo XIX incluyen imágenes de la cultura oficial, obras de arte y propuestas contraculturales, como la caricatura política.  No obstante, a partir de la etapa posrevolucionaria el panorama se limita al arte, y en la época contemporánea, solamente a la pintura. Entre el arte de la escuela mexicana y sus epígonos y las propuestas de íntimo desencanto que surgen en los años setentas y tienen continuidad hasta nuestros días hay un vacío; parece como si el rasgo predominante en el arte de finales del siglo XX fuera el desencanto del proyecto de nación posrevolucionario.
Aun considerando solamente el campo de las artes plásticas, un itinerario completo del siglo XX debería incluir la transposición del color y de las formas prehispánicas y populares en obras de artistas como Rufino Tamayo, Pedro Coronel o Gunter Gerszo, artistas que se plantearon el tema de lo mexicano y crearon abstracciones de algunos de sus rasgos permanentes, como el paisaje, los mitos y el colorido.  El énfasis reciente es capturar para el arte la esencia de las expresiones populares y urbanas, como se observa en las obras de Elena Climent y Adolfo Patiño que se presentan en esta exposición, ambas centradas en la experiencia del mexicano en el extranjero.
Me pregunto si es justo para el espectador no iniciado presentar con un peso mucho mayor imágenes de una patria evanescente o grotesca, como las de las pinturas de Rafael Coronel, Daniel Lezama o incluso Boris Viskin, en lugar de dar cabida también a propuestas que aún profundizan en las raíces y arquetipos de la tradición,  como las de Francisco Toledo, o que incluyen la voz a “otros” y nos proponen revisiones de nuestras actitudes hacia el entorno.
Si el arte mexicano formal, el que entra a los museos, deprime nuestro ser nacional, entonces requerimos, además, la contracultura que, dentro o fuera del arte, propone formas constructivas del ser comunitario, ya venga del diseño corporativo, el grafiti urbano, los medios electrónicos, las redes sociales o las prácticas de las organizaciones civiles, lenguajes  por completo ausentes en esta muestra. Llamémosle patria o no, quienes convivimos en este territorio requerimos imaginarios que nos amparen y nos lancen hacia un futuro que haga posible nuestra supervivencia comunitaria.
Daniel Lezama, La gran noche mexicana, 2005       









lunes, 13 de diciembre de 2010

La maleta


El grupo Onírico/Danza-Teatro del Gesto presentó el 30 de octubre pasado en el Teatro de la Ciudad de Monterrey , como parte del XIII Festival de Danza Contemporánea Extremadura, la obra En espera, bajo la dirección de Gilberto González, y con Ramón Solano y Miguel Nieto como intérpretes. ¿Era danza o representación mímica?  Era una mímica rítmica y poética, muestra de la hibridación de las artes escéncias contemporáneas.  

A la distancia, traigo a la memoria la escena: dos marineros están sentados en una banca de un muelle; esperan. A un tiempo ambos cruzan una pierna sobre la otra, miran a lo lejos, dan vueltas en círculo. Periódicamente escuchan canciones melancólicas, o canciones que evocan quizá alguna aventura, según nos informan los movimientos. A veces los personajes vislumbran un barco en su horizonte, pero pasa, y de repente los sorprende un tren a sus espaldas, muy cerca, pero no es ése el que esperan. Bajo el muelle ondea el mar, y en el aire una nube de la que arrancan pedazos para alimentarse. En la espera se alternan momentos de sol en los que juegan, por ejemplo, con una mariposa, así como violentos temporales de los que apenas pueden protegerse.
Algunos objetos acompañan su espera. La gorra marinera nos dejará saber el paso del tiempo cuando uno de los personajes muestra un agujero. Un periódico que ambos hojean por lapsos sugiere un contacto y un distanciamiento con la realidad inmediata, pues la espera se informa, pero no participa de la vida. Sobre uno de los pilotes del muelle,  una serie de focos de Navidad se enciende para evocar el ciclo de otro año. Una cámara en la mano señala la espera del instante por capturar. Es ésta, al terminar  la obra, la que rompe la distancia con el público cuando uno de los marineros nos toma una fotografía. El final ha llegado; ése era el momento  que todos esperábamos sin saberlo. 
A un lado de la banca reposa desde el inicio una maleta,  espera. Una maleta es siempre un indicio de viaje, y como el viaje es a su vez signo de separación, de tránsito y de cambio, de sueño y aventura, la maleta evoca las emociones asociadas con estos rituales. La que está en la escena se utiliza como un baúl de utilería. Nuestros marineros extraen melenas y barbas encanecidas y así sabemos que han envejecido en la espera. Luego, en un ingenioso giro teatral, desde su interior se desdobla un periódico para convertirse en carpa y en la pantalla donde se proyecta en imágenes la otra esfera de sus vidas, ésa en la que los dos amigos pasean por la playa, ven llegar y partir barcos y están rodeados de gente y acontecimientos.
La obra tiene el estilo característico del Cirque du solei, compañía en la que actualmente participa el grupo. La rige la melancolía, una emoción generada por las experiencias de tránsito, fugacidad y pérdida que comparten con frecuencia las artes escénicas de la posmodernidad. Todo lo que un ser humano puede llevar consigo está en los gestos con que hace contacto con otros, y en una maleta.
En una maleta cabe poco, pero es lo esencial. Con frecuencia las propuestas escénicas  se valen hoy de una maleta –como antiguamente del baúl- para hacer aparecer objetos inesperados, pero fundamentalmente para comunicar nostalgia. El sentido de pérdida implícito parece algo muy atractivo para los artistas de la escena y para el público que aplaude al Slava Snowshow y al mismo Cirque.  Se reitera en sus visiones una fragilidad del ser, una fragmentación y un sentido disminuido del poder, pues los personajes tienen mínimas posesiones y un débil sentido de pertenencia. 
Una maleta lleva la vida misma del que parte en un largo viaje, o del que llega. Las de los inmigrantes de la museografía de Ellis Island representan la multitud que llega con todo lo que ha podido rescatar de su pasado. La de Mary Poppins estaba llena de sorpresas, como el sombrero de un mago. La de Teresa, en La insoportable levedad del ser, era pesada y definitiva como la voluntad y compromiso de su dueña. En muchas series de televisión y melodramas cinematográficos hacer la maleta representa la ruptura de una pareja. Y una artista de cuyo nombre no puedo acordarme instala ciudades en maletas abiertas, creando objetos que evocan lúdica y poéticamente de la experiencia de la ciudad y del viaje.
Aunque siguen multiplicándose en aeropuertos y cruceros trasatlánticos, las maletas parecen un objeto obsolescente. Tal vez me gustan porque tienen algo de museos; contienen objetos que construyen discursos, así como momentos del pasado y posibilidades del porvenir.  Y cada una tiene su historia; todos tenemos alguna en la memoria: la de la luna de miel, las que el padre heredó del abuelo, aquella que usamos cuando éramos estudiantes. En la historia industrial de Monterrey a principios del siglo XX figura una pequeña fábrica de velices. Eso me recuerda que las ciudades también producen y contienen maletas, y viajan en ellas en una infinita involución de continentes.



El gesto como experiencia

Un comentario de Alfonso Reyes incluido en su Parentalia me ha ayudado a definir la intención de esta columna –i.e “Etiqueta” en este blog-, a la que denomino Gestos.  Reyes recordaba a su tío paterno Onofre como un hombre misógino y soltero a quien le gustaba la jardinería, y guardaba de él una sola imagen: “un hombre limpio y minucioso inclinado sobre una flor”.
Agregaba Reyes a continuación: “Pero ¡cuántas cosas de la historia y la literatura viven para nosotros en una sola actitud o un gesto único!”, aduciendo como ejemplos la muerte de Garcilaso (ocurrida como consecuencia de una herida recibida en el asalto a una fortificación) y la imagen de un cuadro de sol proyectada sobre un tapiz (Obras Completas, tomo XXIV, p. 375).
Lo que llamamos “imagen”, trátese de la literatura, el cine o las obras plásticas, es un episodio único por su carácter inaprensible, imposible o fugaz, que captura nuestra atención por su efecto poético, grotesco, irónico o humorístico. Se trata de una provocación para la inteligencia o una intuición para el espíritu.
Quiero dedicar este espacio al registro subjetivo de hechos que nos generan experiencias reveladoras como las que tenemos al percatarnos de gestos, miradas, actitudes, incidentes y episodios y cargarlos de sentido, y a comentarlos a manera de bocetos, apuntes o encuadres provisionales.
La poesía de Wislawa Szymborska (Polonia, 1923) está llena de reflexiones aparentemente incidentales, pero que cuestionan profundamente  los pilares sobre los que se asienta nuestra percepción, por su consideración extrañada de actitudes aceptadas culturalmente.  Un poema que escribió en 1945, sorprendente también porque su autora tenía entonces veintidós años, cumple con nuestro propósito de exploración, pues describe el ambivalente sentido de gestos y rituales atávicos como una sonrisa, un apretón de manos y una plegaria. Wislawa hace aquí una elocuente reflexión sobre la forma como la transformación de nuestra experiencia modifica nuestra mirada.
Antes nos sabíamos el mundo al azar:
era tan pequeño que cabía en un apretón de manos,
tan fácil que se podía describir con una sonrisa
tan común como en una plegaria el eco de las viejas verdades.

La historia nos saludaba con fanfarrias victoriosas:
en nuestros ojos entraba arena sucia.
Teníamos por delante caminos lejanos y ciegos,
pozos contaminados, pan amargo.

Nuestro botín de guerra es el conocimiento del mundo:
es tan grande que cabe en un apretón de manos,
tan difícil que se puede describir con una sonrisa,
tan extraño como en una plegaria el eco de las viejas verdades.

Traducción de Gerardo Beltrán. 
Tomado de Wislawa Szymborska. Poesía no completa.
Tezontle/Fondo de Cultura Económica, México 2002.