miércoles, 22 de diciembre de 2010

Mazapil, entre el apego y el olvido

Cristina M. González

Brigada médica: 27 y 28 de noviembre de 2010
Mi amiga Gloria Guzmán me invitó a una brigada médica a Mazapil, Zacatecas.  Ella colabora con la Asociación de Zacatecanos en Nuevo León, A.C., y una o dos veces al año hacen un viaje relámpago para llevar medicamentos y servicios médicos a comunidades de ese estado.  
Aparte de un autobús rentado con una docena de voluntarios, salió una unidad dental de Cáritas de Monterrey. Poco después del mediodía llegamos a Puerto de Rosario.  Me tocó entregar los números para la consulta y anotar el nombre, edad y procedencia de los beneficiarios. 
Dra. Margarita Carrillo dando consulta
en Puerto El Rosario, Mazapil, Zacatecas
Como el servicio se había anunciado con anticipación, llegaron al centro comunitario personas de las poblaciones de los alrededores: El Cardito, Sábana Grande, La Presita, Presa del Junco y Tanquecillos, entre otras.  Rostros recios y curtidos, gente de campo con pocos recursos, pero con medios básicos de subsistencia. Se veían algunas camionetas viejas traídas del otro lado.

Dentistas voluntarios
de la unidad dental de Cáritas de Monterrey
Con el apoyo de Cáritas y servicios de salud de Zacatecas había en total cinco médicos y dos dentistas. Uno de los médicos me dijo que atendió sobre todo problemas de gastritis y lumbalgias.  La doctora Margarita Carrillo vio los casos de personas con diabetes, e incluso las reunió para darles recomendaciones generales. Los dentistas se dedicaron principalmente a extracciones. En el lapso de unas cuatro horas se atendió a unas 190 personas, y se les proporcionaron medicamentos.
Además, se dio servicio de corte de cabello, se entretuvo a los niños con una actividad de “valores” y luego se les invitó a quebrar una piñata. Se repartieron algunos juguetes, ropa y despensas.  Los niños también recibieron champurrado y galletas. Aunque genera controversia, el reparto de despensas es necesario para que la gente se acerque a recibir los servicios médicos, y en esta ocasión, hubo incluso discusiones para obtenerlas, pues no eran suficientes. 
Al día siguiente, en el centro de salud de la cabecera municipal solicitaron el servicio poco más de cuarenta personas. Se dejaron como donativo los medicamentos excedentes. Todos los brigadistas asistimos a misa, donde me di cuenta de que había un grupo paralelo que estaba dando pláticas de temas de desarrollo en el auditorio del lugar.

La doctora Carrillo, originaria de Mazapil, tiene veinte años de coordinar este tipo de servicio para las comunidades de esa región; según comentó, en ese lapso las brigadas han cambiado mucho.  La entrega y constancia del grupo es admirable, pero la extraña mezcla desinterés y expectativas de los beneficiarios hace pensar en que el esfuerzo es indispensable e insuficiente, pero tal vez aún requiere ser reorientado.
Mazapil, esplendor olvidado
Mazapil es uno de los cincuenta y ocho municipios de Zacatecas, si bien ocupa el 36 por ciento de su territorio; con doce mil kilómetros cuadrados, es de hecho uno de los más extensos del país.  Se fundó en 1568 y fue en la época novohispana un centro minero de oro y plata por donde pasaba el Camino Real hacia el norte.
La historia de Mazapil está ligada a las de Saltillo y Monterrey, pues fue el lugar de donde partieron Diego de Montemayor y Alberto del Canto para las fundaciones de estas ciudades, y donde vendían como esclavos los colonizadores del siglo XVII a los indios que capturaban en nuestras provincias.
La cabecera municipal es una población austera, pero conserva algunos sitios de interés: una plaza principal con una estatua de yeso pintado del cura Hidalgo y un jardín bien cuidado, un cementerio antiguo, un templo barroco y el museo y archivo histórico, resguardado con pasión por el cronista municipal Pedro Ascacio.
El museo ocupa la que fue la casa del Marqués de Aguayo, que después de sucesivas adaptaciones y descuidos, hoy se encuentra deslucida.  El archivo está clasificado y algunas de las salas del museo tienen piezas históricas de la vida cotidiana y de la minería que merecerían un mejor tratamiento para su conservación y exposición. 
La iglesia de San Gregorio Magno posee una rica fachada, retablos del barroco tardío, con estípites y nichos, y algunas pinturas del siglo XVIII de buena factura. En el retablo del ala derecha se destacan escenas de ánimas en pena, rescatadas por santos benefactores. 
En la capilla se encuentra un Nazareno muy venerado, que es una de las imágenes del Cristo de la pasión más terribles que he visto, pues parece mirarte con espanto, como si fuera una momia vuelta a la vida.   En uno de los altares descansaba un exvoto reciente, que los hijos de un devoto trajeron desde Saltillo para agradecer en nombre de su padre el favor haber salido con bien de un accidente de automóvil.
Migración y apego
El relato del exvoto se liga con los que escuché de dos colaboradores de la brigada, Víctor Ramírez y Rubén Zapata, mazapilenses radicados en Monterrey desde hace muchos años. Los pueblos de esa región crecieron en torno a la minería, y hace décadas, cuando las minas dejaron de explotarse, poblaciones completas emigraron, principalmente a Monterrey y a Saltillo. Quizá es más conocido el caso de Concepción del Oro, Concha, pero hay en la región otros pueblos que hoy están casi o totalmente deshabitados.
En la Asociación de Monterrey se reúnen miembros de unos quince clubs, cada uno correspondiente a un pueblo, comentó Víctor.  La gente de Providencia, de donde él mismo procede, recaudó fondos y reconstruyó la iglesia. El 12 de diciembre se reúnen en el pueblo y la iglesia se abre, para la fiesta de la Virgen de Guadalupe. Rubén Zapata es de Salaverna, comunidad del municipio de Mazapil; cuando se fue con su familia, hace más de cuarenta años, todavía era un chamaco. Su padre se obligó a llevar flores el día de la devoción de la Virgen patrona del pueblo.  Hoy que ya no puede ir, los hijos y nietos colaboran para cumplir este deber y asistir a la fiesta parroquial. 
Rubén Zapata
Rubén me contó que cuando se acabó la explotación de hierro en estos pueblos y se vinieron a Monterrey, muchos entraron a trabajar a Aceros Planos.  De ochocientos obreros que había en la planta, setecientos eran zacatecanos.  La empresa entonces era de la Fundidora Monterrey, luego se convirtió en IMSA y hoy es parte de Ternium.
En el 2006 la empresa canadiense GoldCorp comenzó a explotar oro nuevamente en Mazapil.  Se han invertido cientos de millones de dólares en la mina de Peñasquito, que hoy tiene reservas probadas para veinte años y es la segunda productora de oro en el mundo. Más recientemente se han encontrado vetas de uranio, que pasan bajo algunos de los pueblos, de manera que pronto incluso las casas y calles van a desaparecer, y con ellas el testimonio de una época.
Los áridos campos de Mazapil parecen dejados a la erosión de los vientos.  La presencia de la gran empresa minera parece no haber traído beneficios a la región; incluso el índice de contratación bajó después de la inversión para su construcción.  Algunos de sus pueblos pronto desaparecerán, o serán olvidados en la próxima generación; sus antiguos habitantes hacen su vida en Monterrey, Saltillo o los Estados Unidos. Esta migración de clanes y gremios enteros es digna de mayor investigación y relatos.


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