lunes, 13 de diciembre de 2010

La maleta


El grupo Onírico/Danza-Teatro del Gesto presentó el 30 de octubre pasado en el Teatro de la Ciudad de Monterrey , como parte del XIII Festival de Danza Contemporánea Extremadura, la obra En espera, bajo la dirección de Gilberto González, y con Ramón Solano y Miguel Nieto como intérpretes. ¿Era danza o representación mímica?  Era una mímica rítmica y poética, muestra de la hibridación de las artes escéncias contemporáneas.  

A la distancia, traigo a la memoria la escena: dos marineros están sentados en una banca de un muelle; esperan. A un tiempo ambos cruzan una pierna sobre la otra, miran a lo lejos, dan vueltas en círculo. Periódicamente escuchan canciones melancólicas, o canciones que evocan quizá alguna aventura, según nos informan los movimientos. A veces los personajes vislumbran un barco en su horizonte, pero pasa, y de repente los sorprende un tren a sus espaldas, muy cerca, pero no es ése el que esperan. Bajo el muelle ondea el mar, y en el aire una nube de la que arrancan pedazos para alimentarse. En la espera se alternan momentos de sol en los que juegan, por ejemplo, con una mariposa, así como violentos temporales de los que apenas pueden protegerse.
Algunos objetos acompañan su espera. La gorra marinera nos dejará saber el paso del tiempo cuando uno de los personajes muestra un agujero. Un periódico que ambos hojean por lapsos sugiere un contacto y un distanciamiento con la realidad inmediata, pues la espera se informa, pero no participa de la vida. Sobre uno de los pilotes del muelle,  una serie de focos de Navidad se enciende para evocar el ciclo de otro año. Una cámara en la mano señala la espera del instante por capturar. Es ésta, al terminar  la obra, la que rompe la distancia con el público cuando uno de los marineros nos toma una fotografía. El final ha llegado; ése era el momento  que todos esperábamos sin saberlo. 
A un lado de la banca reposa desde el inicio una maleta,  espera. Una maleta es siempre un indicio de viaje, y como el viaje es a su vez signo de separación, de tránsito y de cambio, de sueño y aventura, la maleta evoca las emociones asociadas con estos rituales. La que está en la escena se utiliza como un baúl de utilería. Nuestros marineros extraen melenas y barbas encanecidas y así sabemos que han envejecido en la espera. Luego, en un ingenioso giro teatral, desde su interior se desdobla un periódico para convertirse en carpa y en la pantalla donde se proyecta en imágenes la otra esfera de sus vidas, ésa en la que los dos amigos pasean por la playa, ven llegar y partir barcos y están rodeados de gente y acontecimientos.
La obra tiene el estilo característico del Cirque du solei, compañía en la que actualmente participa el grupo. La rige la melancolía, una emoción generada por las experiencias de tránsito, fugacidad y pérdida que comparten con frecuencia las artes escénicas de la posmodernidad. Todo lo que un ser humano puede llevar consigo está en los gestos con que hace contacto con otros, y en una maleta.
En una maleta cabe poco, pero es lo esencial. Con frecuencia las propuestas escénicas  se valen hoy de una maleta –como antiguamente del baúl- para hacer aparecer objetos inesperados, pero fundamentalmente para comunicar nostalgia. El sentido de pérdida implícito parece algo muy atractivo para los artistas de la escena y para el público que aplaude al Slava Snowshow y al mismo Cirque.  Se reitera en sus visiones una fragilidad del ser, una fragmentación y un sentido disminuido del poder, pues los personajes tienen mínimas posesiones y un débil sentido de pertenencia. 
Una maleta lleva la vida misma del que parte en un largo viaje, o del que llega. Las de los inmigrantes de la museografía de Ellis Island representan la multitud que llega con todo lo que ha podido rescatar de su pasado. La de Mary Poppins estaba llena de sorpresas, como el sombrero de un mago. La de Teresa, en La insoportable levedad del ser, era pesada y definitiva como la voluntad y compromiso de su dueña. En muchas series de televisión y melodramas cinematográficos hacer la maleta representa la ruptura de una pareja. Y una artista de cuyo nombre no puedo acordarme instala ciudades en maletas abiertas, creando objetos que evocan lúdica y poéticamente de la experiencia de la ciudad y del viaje.
Aunque siguen multiplicándose en aeropuertos y cruceros trasatlánticos, las maletas parecen un objeto obsolescente. Tal vez me gustan porque tienen algo de museos; contienen objetos que construyen discursos, así como momentos del pasado y posibilidades del porvenir.  Y cada una tiene su historia; todos tenemos alguna en la memoria: la de la luna de miel, las que el padre heredó del abuelo, aquella que usamos cuando éramos estudiantes. En la historia industrial de Monterrey a principios del siglo XX figura una pequeña fábrica de velices. Eso me recuerda que las ciudades también producen y contienen maletas, y viajan en ellas en una infinita involución de continentes.



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