viernes, 28 de octubre de 2011

Estética retro y rock para una danza de la muerte

Cristina M. González

La Manga Video y Danza es una compañía de dos, que en el espectáculo que definen como “video instalación coreográfica para concierto de dos bajos y un zopilote”  se asocia con la banda de rock  E.V.E., para recrear, según propone su sinopsis, momentos de la vida de R1 y R2, dos mujeres líderes de la misma banda.
El espectáculo lleva por título En vida hermana, en vida y aborda la relación ambivalente entre dos mujeres unidas por la estética de los sesentas, el rock y la atracción por la muerte.  Un colaborador del grupo aparece en la sala y pide un voluntario para entregar un ramo de flores a una ganadora, en el momento en que lo indique una voz, hacia el final del espectáculo. Una chica se hace cargo.  Apenas entran en escena, las ejecutantes, que presentan con  accesorios y música la atmósfera y carácter de una época tal vez suspendida en el escenario se acercan al público para preguntar: “¿Y tú, cuándo quieres morir?” “¿Y cómo quieres morir?”. Luego una le dice a la otra: “¿Y tú, por qué no te suicidas?”
Un rock que vocalizan con letras ingenuas y repetitivas como “Suspendido”, “Tú y Yo”, “Omnibus”, “Lo siento”, “Torciendo” y “Que yo sea la primera” las acompaña lo largo del desarrollo escénico, así como un fondo de video que por momentos tiene secuencias de formas monocromáticas que evocan el ritmo urbano, con palabras alusivas al suicidio, o bien figuras geométricas retro y formas del motivo recurrente del zopilote. 
Con pelucas e impermeables estridentes, cinturones y botas inspiradas en la moda “mini”, estos personajes bailan sobre tarimas y ejecutan como si estuvieran en escenarios imaginarios de concierto. Las secuencias aluden de manera sutil a gestos y movimientos de baile pop y cantantes de rock. Se alternan con encuentros en que las protagonistas parecen competir por un espacio, complementan sus discursos o se toman dependientemente de las manos y se siguen los pasos y movimientos. Quizá el carácter de “instalación” se refiere a estos movimientos tensos y lentos, más pensados para evocar íconos y tensiones internas que para fluir en el escenario. En un momento de cierto dramatismo, las jóvenes tendidas en el suelo se abrazan. Casi hay un abrazo erótico, pero no; poco después una de ellas se levanta, soltarla parece muy difícil.
Un conjunto de zopilotes de peluche o felpa que son parte de la utilería desde el inicio de la escena cumplen el papel de aludir a la muerte. Las protagonistas los toman y acomodan en círculo en torno a ellas; posteriormente los recogen y reacomodan, o mueven sus tarimas de danza buscando sobre cuál de estos pájaros de la muerte posarla para danzar.  Al recogerlos, uno de ellos queda en la entrepierna; la bailarina juega con la larga ala apretada en su puño; el gesto se interrumpe.
En una secuencia final, que tiene mayor continuidad, las dos mujeres compiten por el micrófono. “Que yo sea la primera” suena como un eco, en tanto ambas recrean la gestualidad y movimientos de un concierto de rock: sacuden la cabeza, brincan como coristas o lateralmente como los guitarristas de las bandas. Finalmente suben a la tarima –podio- y una voz dice: “Y la ganadora es…” La joven del público pasa, elige al personaje representado por Gabriela Medina y ésta baja en un grotesco y melancólico desfile de reina de belleza. Su compañera, recreada por Rocío Flores, la sigue como sombra. R1 toma un par de zopilotes y lentamente cae al centro de la escena, mientras R2 queda de pie, inmóvil como una estatua.
Una sola impresión queda de la propuesta conceptual: el deseo de ser la primera en morir es la expresión de un temor a la soledad y al vacío. Sin embargo, algo falta en la propuesta, y quizá algo sobra. Falta articular video y danza; para un grupo que se define por ambas disciplinas, no es suficiente utilizar el video como elemento escenográfico o creador de una atmósfera.  Aun considerando la propuesta de una relación ambigua entre los personajes, falta profundidad anímica y matices; las variaciones parecen inmotivadas y las intenciones quedan truncas,  no obstante que el tema permitiría puntos de inflexión con mayor énfasis en deseos o dilemas éticos, por ejemplo. Sobra, o está desaprovechada,  la interacción con el público al inicio y en la supuesta premiación final; ni una ni otra estrategia producen un efecto ni en el discurso escénico ni en la interpretación.  La utilización de los zopilotes como objetos simbólicos prometía más; por momentos éstos se vuelven un montón de cosas cargadas que no hacen sino estorbar. 
Con todo, es muy gratificante ver una búsqueda honesta de temas y lenguajes nuevos.  La estética retro y la recreación del tema de la autodestrucción, la música creada para la pieza y la gracia para evocar todo lo pop son atractivas y despiertan sensaciones de experimentación de límites y riesgos vitales, sin duda una aventura que La Manga se atreve a explorar sin temor a equivocarse.

La Manga y E.V.E., En vida hermana, en vida. Teatro Espacio Rogelio Villarreal, Facultad de Artes Escénicas de la UANL, Festival Extremadura Monterrey, 27 de octubre de 2011.



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