En su último libro, Rafael Pérez Gay transita entre la crónica urbana, el testimonio y la memoria para retratar con humor las frustraciones de la vida diaria en una ciudad –la de México- que ha crecido caóticamente y que guarda en el corazón de su barrio de toda la vida, la colonia Condesa, los recuerdos entrañables de “el joven que fue”, convertido hoy en un hombre de más de cincuenta que ha perdido poder en su propia familia y desconfía de las lecciones que da a sus hijos.
En el campeonato mundial de fútbol de 1970 que se celebró en México, cuando terminaba el partido de octavos de final en que nuestro equipo perdía frente a la selección de Italia después de un gol inicial que brindaba la esperanza del triunfo, el cronista exclamó: “-Este maldito error que siempre nos acompaña. La fortuna que nos voltea la espalda”. Ésa era la primera vez que aquel niño se emocionaba con un partido de la selección nacional, y era también la primera vez que pensaba que podían narrarse hechos pequeños con palabras grandes.
En El corazón es un gitano encontramos precisamente una épica de la vida cotidiana, cargada de frases hechas y reflexiones ingeniosas llevadas a una estatura de verdad filosófica. Cuando el narrador entra a la óptica para ordenar lentes, el vendedor promociona el antirreflejante, pues la pantalla de la computadora a la larga puede dañar la retina, así es que para sus adentros estalla: “Nosotros fuimos a la óptica para ordenar nuevas gafas, mi hijo y yo, y nuevos lentes de contacto mi hija, pero en lugar de esa sencilla transacción caía sobre nosotros la amenaza de la ceguera. La vida no es tan simple, nunca avanza por el camino del orden lógico.” Pérez Gay es especialista en literatura francesa; ha sido traductor de Cioran y cita con satisfacción a La Rochefoucauld y a Lord Byron. Cuando cita a Woody Allen, con frases como “no sólo Dios no existe, consigan un plomero en fin de semana” o reflexiona sobre expresiones dialectales como “lágrimas de sangre”, “un padre es un padre” o “que me parta un rayo” pone al servicio de la crónica más humana su conocimiento de los grandes creadores de aforismos y de la filosofía.
Una serie de más de cincuentas relatos breves, cada uno relativo a un episodio de su vida actual o del pasado están organizados en tres partes, para constituir una novela en que el narrador describe sus trayectos diarios. En La casa de la juventud perdida abre la puerta para atender la solicitud de dinero acompañada con el chantaje de emergencias familiares; nos muestra la ruta hacia la Universidad con el tránsito colmado de rufianes –como él- mientras enseña a su hija a manejar, y repasamos los problemas de servicios domésticos: la escasez de agua, la interrupción del servicio eléctrico, la acumulación de basura por la inundación del depósito principal de la ciudad. La irrupción de la mercadotecnia más especializada aparece en mensajes electrónicos para venderle Viagra o productos para alargar el pene, o en su peregrinaje para entender cómo programar el aparato de telefonía celular más avanzado.
La sección Un poco más tarde nos lleva a una dimensión más personal, la del narrador que se enfrenta al envejecimiento y se disocia del discurso de los jóvenes, los vecinos y su esposa. En algunos de los episodios más predecibles lo vemos como un padre nervioso ante los primeros viajes de sus hijos; un insomne con tropiezos para instalar un nuevo televisor fuera de la recámara con la finalidad de “restaurar” el matrimonio; un “ruco malviajado” furioso por el patrimonio de ruido de la zona, y un colaborador de la mafia de lavacoches que acaparan los espacios de estacionamiento público. La ciudad cambia sin control y él mismo está en etapa de hacer cambios en su vida: los análisis en un hospital, un programa de nutrición, la inscripción en un gimnasio.
La última etapa de su trayecto lo lleva a la biblioteca; ahí descubre, entre periódicos viejos, su memoria. Recorremos entonces su antigua vida familiar y la ciudad de los sesentas y los setentas, como cuando el televisor Philco no permitía ver con claridad la primera caminata en la luna, o circulaba la comida chatarra en una escuela en la que aún no existía el problema de la obesidad infantil. Los últimos días de sus padres son el resorte que conmueve sus fibras más íntimas y le descubren aspectos de la vida antes imperceptibles, pues el corazón sigue explorando el mundo de los alrededores y del pasado.
Íntimamente arraigada en la Ciudad de México, El corazón es un gitano es un rosario de episodios en el que puede verse retratado el habitante de cualquier ciudad actual, con las peripecias que se derivan del pertenecer a una colectividad en la que no tenemos el control de nada, y con la que compartimos una memoria íntima, y a la vez distinta para cada uno.
Rafael Pérez Gay. El corazón es un gitano. Planeta, México, 2010. 198 págs.
Texto publicado originalmente en el boletín La Ventana, del Instituto Mexicano de Educación y Cultura de Chicago, 2011.

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