miércoles, 19 de octubre de 2011

Desprecio y tortura del otro. Los cuentos de Antonio Ortuño

Cristina M. González

Si ustedes recuerdan al atormentado escarabajo de Kafka, con aquella manzana que le lanzaron incrustada en su cuerpo y pudriéndose a medida que pasaban los días, imaginen atestiguar el hilo de los pensamientos de los padres y hermana que lo miran con horror y fastidio y estarán cerca de  la atmósfera de “La Señora Rojo”, el cuento que presta su título a la colección de Antonio Ortuño (Guadalajara, 1976) recién publicada por la editorial española Páginas de Espuma. 
Una invasión de tortugas en la playa lleva al jardín de un vacacionista a un ejemplar gigantesco y enfermo, que vomita sangre después de comer vegetales. La repugnancia de su hedor provoca a su involuntario anfitrión a regalarle lechugas, para regodearse en sus arcadas hemorrágicas. Los protagonistas de las historias de Ortuño revelan sus historias desde la zona de los pensamientos inconfesables, donde reinan la violencia, el deseo, el ansia de poder y la ausencia absoluta de compasión.
El autor publicó primero las novelas El buscador de cabezas (Joaquín Mortiz) y Recursos Humanos (Anagrama), que fueron saludadas por la crítica como obras de prosa notable, con frases justas y punzantes.  Su estilo, que se caracteriza también por personajes resentidos y mezquinos que no confían en nadie, da forma asimismo a sus volúmenes de cuentos, El jardín japonés y La Señora Rojo (ambos en Páginas de Espuma).
 El jardín japonés del cuento es apenas un ardid para atraer a una supuesta fotógrafa a la casa de un antiguo cliente, pero alude a una de las características de los relatos de Ortuño: la reflexión sobre la mirada estética, que distancia a los personajes de los acontecimientos.  En “Ars cadáver”, un grupo de jóvenes artistas crean su propia imagen y se fascinan con objetos viables para propuestas de arte conceptual; en “Los más bellos poemas del abogado Seltz”, el protagonista planea el escenario visual donde va a abusar de su asistente mientras está sedada; en “La mano izquierda” se establece una relación de competencia, seducción y venganza entre dos poetas con distintas visiones de su arte, y en otras historias se alude a tomas clandestinas para el cine porno.
El lector es testigo de un pensamiento que nunca es inocente, pero guarda silencio.  De esta estrategia deriva la ironía, como cuando en “Pseudofedrina” la enfermedad de dos pequeñas da pie al deseo y la suspicacia entre los padres del grupo de kínder, y con frecuencia  también un drama inquietante, como cuando Anne confiesa al perverso Seltz su amor y el abuso sexual de su padre, o cuando la niña que era rentada por su padre a los nueve años reaparece convertida en una profesional con doble oficio.
Los cuentos de La Señora Rojo continúan la exploración de esa condición humana caracterizada por la rabia contenida, y agregan algo más, el miedo.  Aquí los relatos se agrupan –quizá un poco forzadamente- bajo dos temas, el de la intimidad o Carne y el de la cosa pública o Mundo, y algunos de ellos adquieren un tono de delirio, o saltan al mundo de lo fantástico.
Es recurrente la sensación de invasión. El adolescente de “Agua corriente” se siente asfixiado por la vida miserable en la que depende de su madre secretaria y tiene que ayudar con su hermano imbécil; su escape es aceptar la ayuda compensatoria del padre. En “El Grimorio de los Vencidos”, el “Hombre que hace nevar” se interpone entre el hombre y su esposa incluso cuando ha desaparecido, pues se siente un intenso frío. 
“Historia” cuenta con una interpretación particular la sucesión de intervenciones extrajeras al país  para luego centrarse en la huida ante la invasión actual de extranjeros de impecables uniformes que huelen a blanqueador  y que los acorralan hasta un refugio dudoso que tal vez se llame Patria. “Boca pequeña y labios delgados” presenta la ambigua relación de un preso y el psiquiatra que se convierte en su torturador.  “Héroe” da un nuevo giro al tema del oportunista que se convierte en héroe incidental.  La ironía de la mascarada burocrática y política es mordaz.
Quizá la mayor diferencia entre La Señora Rojo y el primer volumen es que mientras en El jardín japonés el cinismo y el desprecio por los otros proveen a los personajes de un espacio de libertad, en los relatos más recientes la atmósfera es opresiva y los personajes tienen comportamientos obsesivos.  Ante la revuelta de los estudiantes, un maestro hace fuego contra ellos, en tanto el operador de un escáner de seguridad en un aeropuerto se convierte en un especialista capaz de escudriñar todos los subterfugios posibles para burlar las inspecciones.
En el mundo de Ortuño, los personajes son incapaces de mirar al otro, pero nos permiten asomarnos a lo más descarnado de nosotros mismos.

Antonio Ortuño. El jardín japonés. Páginas de Espuma, Madrid, 2007. 102 págs.
Antonio Ortuño. La Señora Rojo. Páginas de Espuma, Madrid, 2010. 105 págs.

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