jueves, 27 de octubre de 2011

Trilogía, de la compañía Bridgman/Packer Dance. Variaciones y repeticiones sobre la ilusión

Cristina M. González
Teatro de la Ciudad
Monterrey
26 de octubre de 2011

El XIV Festival de Danza Extremadura inauguró con una ejecución del Bridgman y Packer Dance, dueto de bailarines de Nueva York acompañados por el saxofonista Ken Field y composiciones originales también de chelo y percusiones.  El preludio del sax en vivo genera un diálogo con música pregrabada que repite la melodía o bien la amplifica y distorsiona. Se trata de un sonido metálico y profundo que tiene cuerpo; sus efectos anuncian la relación que se apreciará en el espectáculo visual. Repentinamente se suspende, hay un breve silencio y se abre el telón.

La bailarina Myrna Packer aparece frente a una pantalla realizando movimientos rítmicos, discontinuos y repetitivos. Su sombra se proyecta en la pantalla y se reproduce en imágenes monocromáticas degradadas, como refractadas por un prisma o multiplicadas por un espejo de sombras.  Art Bridgman asciende desde las butacas e inician el juego de contacto y mímica con imágenes de video que realizan las mismas rutinas.  El juego de ilusiones ha iniciado y tendrá múltiples variaciones en las tres piezas del programa.

Por momentos es difícil saber cuál es el bailarín que está en el escenario y cuál el que está en la pantalla, y por momentos no vemos una sino tres o más parejas o solistas creando cuadros y secuencias en que todas las posibilidades de desdoblamiento son posibles: las imágenes se yuxtaponen, se escinden, desaparecen y se reencuentran en otro plano.  El movimiento corporal de alzados y pasos de dos, abrazos y mímica podría ser monótono, pero la invención de los dobles hace impredecible el discurso: los reflejos crecen,  se alejan y desvanecen, se transforman en otro, incorporan imágenes con secuencias distintas.

En Seductive Reasoning (“Razonamiento seductor”, 2003) hay algunas secuencias que multiplican las pantallas. Art y su imagen danzan con sendos marcos. De pronto vemos que  éstos se llenan de imágenes. Luego aparece  el bailarín con una especie de bastidor, otra pantalla que fragmenta la imagen, la repite u oculta su rostro.  También se convierten en pantalla un colchón y luego una manta.

En Memory Bank (“Banco de la memoria”, 2007) se recurre a un tríptico de cortinas, cada una con un fondo y una cortina transparente superpuesta. Se inicia con una secuencia de video que hace ascender las imágenes por el aire, motivo que se repetirá con imágenes multiplicadas de los bailarines, casi siempre descendiendo como en caída libre, en alusión a la recurrente presencia de la memoria.  Los bailarines aparecen y desaparecen constantemente entre la cortina, pero sobre ésta se proyecta la imagen del bailarín que entra y sale por la misma cortina, de manera que nuevamente el juego de ilusiones confunde nuestra percepción. 

La utilización de objetos aislados es suficiente para crear una atmósfera y evocar una narración. No obstante, esta alusión es apenas una referencia, un fragmento. Una secuencia que alude al tango se construye en torno a una mesa. La pareja parece iniciar un discurso apasionado, pero las secuencias dancísticas se interrumpen y reinician una y otra vez. Al final la pareja hace mutis por lados opuestos de la escena, pero la imagen de ambos en pantalla termina en un abrazo, que luego se reproduce una y otra vez en la pantalla, cada vez más degradada en tono, pero reiterando el gesto.


No obstante, esta pieza también desarrolla un motivo que ya había aparecido en las otras dos, el personaje que se viste y se desviste y se yuxtapone con la imagen de la pareja. Por momentos la metamorfosis cobra matices de caricatura,  siempre en un tono amable.  Una derivación de este tema es una larga secuencia que se vale de una prenda de vestir, especie de miriñaque o crinolina, que opera como veladura del cuerpo, como pantalla y especie de máscara, con su alusión al mundo teatral.

La última pieza de esta trilogía, Under the skin (“Bajo la piel”, 2005), emplea recursos distintos. En la pantalla y en el vestuario de los bailarines se proyectan discursos tipográficos continuos, de manera que por momentos es difícil destacar a los bailarines en movimiento sobre el fondo. Repentinamente los recorre también un código binario, una de las claves de todo el sistema de representación escénica. En el lenguaje binario se es o no se es, hay presencia o ausencia, pero en la realidad de la escena que presenciamos la identidad se extravía en un mundo de imágenes y códigos lingüísticos.

Mediante la utilización de una música de discursos paralelos entre el chelo o el sax y las percusiones, la utilización de objetos para hacer pantomimas a la manera de clowns y la reproducción impredecible de sus imágenes para danzar con ellas, además de una rica iluminación, este espectáculo llena el escenario de personajes y crea un discurso a partir no de una narrativa, sino de niveles de realidad que se confunden. Seguimos su desarrollo visual como un concierto y un acto de magia y constatamos que las artes escénicas contemporáneas serán interdisciplinarias, o no serán.  Los bailarines se convierten en un signo de una sintaxis de imágenes en movimiento, o evocando a Italo Calvino, un emblema entre los emblemas de nuestro tiempo.

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